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Rincón de lectura

Cada mes un librero y una editorial nos recomiendan un libro

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José A. Valverde

Director Casa del Libro Valencia

Cuando un autor alcanza los niveles de excelencia y reconocimiento en los que está instalado Paul Auster hace años, se genera un efecto paradójico que afecta a los lectores de su obra: hay lectores que hicieron suyo el mundo narrativo de Paul Auster, con su definida estética y sus temas predominantes, desde el principio de su publicación en España. Otros muchos han ido añadiéndose paulatinamente al gran número de seguidores con que cuenta en la actualidad. Todos ellos se ven  envueltos en una bola de nieve propiciada por la imagen de icono cultural del autor en determinados ámbitos en la que todo individuo que se considere amante de la “literatura del sí” - como  Mario Muchnik  dijo que Giulio Einaudi había definido a la edición cultural ante la “literatura del no”, que incluiría la meramente comercial-  debe entrar a formar parte.
A lo ya referido hay que añadir los premios, los constantes halagos por parte de prestigiosos colegas como Vila-Matas, homenajes como el que le brindó Jorge Herralde, su editor en España, o la catarata de críticas, generalmente favorables,  tras cada nueva publicación.
Para no dejar huecos, hasta las ventas suelen acompañar sin que se resienta su sólida imagen de autor que está por encima de las modas o de las tendencias del mundo editorial.
Ante este panorama, vamos a situar a otro perfil de lectores. Aquellos que van llegando por edad, por influencia de su entorno o la crítica, o por el propio devenir de sus lecturas al momento de asomarse a la obra del “Gran Autor”. Muchos han de enfrentarse al dilema de por dónde empezar. La solución más frecuente es hacerlo a través de sus más renombradas novelas como Trilogía de Nueva York o El libro de las ilusiones.
 Es aquí dónde Sunset Park puede jugar su papel. Es una puerta por la que acceder al mundo de Auster sin grandes dificultades pero sin perder un ápice del interés y la calidad que contiene el conjunto de su obra. Esta última entrega no es sólo una puerta para nuevos lectores, es también  la escalera que les permitirá bajar a las profundidades de su obra y, a los más avezados, seguir subiendo acompañando al autor en la evolución de un imaginario que han hecho propio.

 

Luis Magrinyà

Editor de Alba

Cuando a fines del siglo XIX se publicaron los relatos de Kate Chopin, el público norteamericano los recibió como vinieran de otro mundo. Su exotismo, sin embargo, estaba muy cerca, al sur del país, en el estado de Luisiana: allí convivían criollos (descendientes de los primeros colonos franceses y españoles), acadianos o cajunes (descendientes de los colonos franceses expulsados de Canadá), y afroamericanos (descendientes de esclavos). La diversidad étnica, cultural y lingüística era extraordinaria, y los lectores acogieron el «descubrimiento» con entusiasmo. Quizá alguno pensó, al ver a ciertos personajes refinados hablando en francés en lugares llamados Avoyelles o Bon Dieu, que estaba leyendo un cuento de Maupassant; pero a la vuelta estaban las islas del golfo de México, Marksville o Natchitoches, y por la puerta asomaba una criada negra.
Hoy estos relatos no han perdido un ápice de su color y personalidad. Y, al contrario que los lectores decimonónicos, benevolentes con el cuadro de costumbres pero irritados cuando éste iba más allá, nosotros podemos apreciar además su delicada composición dramática, y su valor como precursores. Ahora admiramos cómo los personajes –en su mayoría mujeres– se empeñan en salirse de cuadro. En su tiempo también lo vieron, y se escandalizaron. Kate Chopin fue, como ha dicho su biógrafo Per Seyersted, «la primera mujer escritora norteamericana en aceptar la pasión como un tema legítimo» y la tradición narrativa del sur de Estados Unidos –de Eudora Welty a Tennessee Williams, de Flannery O’Connor a Truman Capote– lo comprendió y recogió su legado.

 

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